Hay momentos como padre en los que no estoy peleando contra mi hijo, estoy peleando contra mi pasado…

Mi hijo tiene 5 años, es autista, es brillante, sensible, curioso… y también intenso. Grita, exige, se desborda, y aunque racionalmente entiendo que no lo hace para lastimarme, hay momentos en los que algo dentro de mí se enciende como un interruptor.

Una furia instantánea. Automática. Primitiva, no es realmente contra él, es contra lo que su comportamiento despierta dentro de mí.

Porque cuando yo era niño, gritar no era una opción. Desobedecer no era una opción, la disciplina no era negociable. Mi padre fue criado en un entorno aún más duro que el mío, desde pequeño cargó responsabilidades que no le correspondían, creció en una academia militarizada y aprendió que el valor de una persona estaba profundamente ligado a su disciplina, su obediencia y sus logros. Y, aun así, yo tuve la mejor versión de él.

Fui el menor de cuatro hermanos, para cuando yo llegué, la dureza se había suavizado un poco, hubo más espacio, más aire. más posibilidad de existir sin tanto peso, pero el sistema ya estaba instalado dentro de mí, mi cuerpo aprendió que el orden significaba seguridad, que el control evitaba el dolor y que el caos debía detenerse lo antes posible.

Entonces ahora, cuando mi hijo grita, mi sistema nervioso no ve a un niño que está luchando, ve peligro y mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda intervenir, es una reacción automática. Un reflejo que no elegí conscientemente, pero que ahora me corresponde transformar.

Porque mi hijo no está roto, no necesita ser corregido para ser digno de amor. Mi hijo necesita ser acompañado mientras aprende a habitar un mundo que muchas veces es demasiado intenso para su sistema y yo… estoy aprendiendo a acompañarlo mientras desaprendo partes de mí que fueron construidas desde el miedo.

Esto es lo más difícil que he hecho en mi vida, no porque mi hijo sea difícil sino porque me está obligando a crecer, me está obligando a pausar cuando quiero reaccionar, respirar cuando quiero gritar, a acercarme cuando quiero alejarme ,me está obligando a convertirme en el padre que yo necesité cuando era niño, no un padre perfecto sino un padre consciente, que a veces falla, pero regresa, que a veces se equivoca, pero repara, que a veces se desborda, pero no abandona.

Poco a poco, estoy entendiendo algo importante: Mi hijo no está tratando de desafiarme, está tratando de existir con las herramientas que tiene.

Y yo estoy aprendiendo a darle nuevas herramientas, mientras reconstruyo las mías, esto no es solo su proceso, también es el mío.

Y aunque hay días en los que termino exhausto, frustrado y lleno de dudas… también hay momentos en los que lo miro, siendo completamente él mismo, y entiendo que no necesito cambiar quién es,solo necesito aprender a estar a su lado.


El día que entendí que el mundo no lo verá como yo lo veo

Hay algo que he empezado a comprender, y al mismo tiempo, algo que me rompe un poco el corazón admitir:

El mundo no verá a mi hijo como yo lo veo.

Donde yo veo sensibilidad, otros verán fragilidad.
Donde yo veo intensidad, otros verán descontrol.
Donde yo veo curiosidad, otros verán distracción.
Donde yo veo autenticidad, otros verán “problema de conducta”.

Y no es porque el mundo sea cruel, es porque el mundo está cansado, está herido, está condicionado, la mayoría de las personas no aprendieron a entenderse a sí mismas, mucho menos a entender a alguien que funciona diferente, cada adulto que mi hijo encontrará será el resultado de su propia historia; algunos crecieron con amor, otros con miedo; algunos aprendieron a regular sus emociones, otros aprendieron a reprimirlas; muchos aprendieron que obedecer era más importante que comprender, que encajar era más importante que ser auténtico, y sin darse cuenta, repetirán eso, no porque sean malas personas, sino porque es lo único que conocen.

El sistema en el que vivimos no fue diseñado para honrar la sensibilidad, fue diseñado para la eficiencia, para el orden, para la previsibilidad. Un niño que se mueve diferente, que reacciona diferente, que siente diferente, desafía ese sistema sin siquiera intentarlo, y el sistema, por naturaleza, intenta corregir lo que no entiende.

Durante mucho tiempo pensé que mi responsabilidad era enseñarle a mi hijo a adaptarse al mundo, ahora estoy entendiendo que mi responsabilidad es más profunda que eso: mi responsabilidad es enseñarle a adaptarse sin dejar de ser él mismo.

Porque hay herramientas que quiero darle:

  • quiero enseñarle a reconocer lo que siente, en lugar de negarlo
  • quiero enseñarle a respirar cuando el mundo se vuelve demasiado intenso
  • quiero enseñarle que su forma de ver las cosas tiene valor
  • quiero enseñarle que no está roto
  • quiero enseñarle algo que a mí nadie me enseñó: que no necesita dejar de ser quien es para ser digno de amor.

Pero también hay herramientas que no quiero darle, aunque sean las que yo recibí:

  • no quiero enseñarle a obedecer por miedo
  • no quiero enseñarle a desconectarse de sí mismo para ser aceptado
  • no quiero enseñarle que su valor depende de qué tan cómodo hace sentir a los demás, porque ese fue el precio que muchos de nosotros pagamos para sobrevivir.

Aprendimos a silenciarnos, aprendimos a ignorar nuestras propias señales internas, aprendimos a convertirnos en versiones funcionales de nosotros mismos, versiones que trabajan, versiones que cumplen, versiones que encajan, pero no versiones que viven plenamente. Y lo más paradójico es que muchas personas que se perciben a sí mismas como “normales”, como “correctas”, como “exitosas”, en realidad están profundamente desconectadas de sí mismas. No lo saben, no porque no quieran saberlo, sino porque nunca tuvieron el espacio para descubrirlo. Son, en muchos sentidos, ejemplos perfectos de lo imperfecto que es el sistema que los formó, y aun así, ese mismo sistema será el que algún día mire a mi hijo y lo mida con sus estándares.

Ese pensamiento me asustaba antes, ahora me da claridad, porque no puedo controlar el mundo, pero puedo fortalecer el hogar al que él regresa cada día. Puedo convertirme en el lugar donde no necesita defenderse, puedo ser el lugar donde no necesita encajar, puedo ser el lugar donde puede descansar de un mundo que a veces será demasiado. Y también estoy entendiendo algo más: no puedo protegerlo de todo el dolor, pero puedo asegurarme de que nunca dude de su valor, que nunca confunda incomprensión con falta de dignidad, que nunca crea que es “demasiado”, porque lo que el mundo llama “demasiado”, muchas veces es lo que el mundo más necesita. Necesita más sensibilidad, más autenticidad, más personas que no hayan olvidado quiénes son.

Mi hijo no necesita convertirse en alguien diferente, necesita aprender a navegar un mundo que todavía está aprendiendo a entender a personas como él, y yo estoy aprendiendo a navegarlo con él. Habrá días en los que fallaré, días en los que el cansancio ganará, días en los que reaccionaré desde mis heridas en lugar de desde mi conciencia, pero también habrá días en los que lo miraré y recordaré la verdad más importante de todas: él no vino a este mundo para cumplir mis expectativas, yo vine a este mundo para aprender a ser el padre que él necesita, y quizás, en el proceso, ambos estamos rompiendo ciclos que comenzaron mucho antes de nosotros y juntos nos enseñaremos a ser libres.